El viaje de un corazón que transita, a veces por tormentas y a veces por remansos. Los eternos laberintos del amor. Ahí es donde los duendes ceniceros, como artesanos sonoros, anclan sus propias complejidades y se apropian de cada canción. Se completan como un todo, una masa humana y musical, única e indisoluble, que atraviesan los tiempos.

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